Coleccionando sonrisas

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Desde el primer día en Wellington, NZ, colecciono sonrisas. A la salida de la tienda, en la calle, en la acera, en el puerto, cuando espero el autobús. Es algo que se ha olvidado en mi país. Porque el miedo no nos permite mirar de frente a los ojos. Aquí las personas se acercan y preguntan dónde compraste algo que les gusta. Comprando un producto para limpiar los zapatos, la señorita que me atendió me ofreció limpiarlos sin pago adicional, simplemente quiso darme un servicio. En las tiendas las personas que las atienden son muy amables y serviciales.

¿Cuánto tiempo pasará para volver a ver caras amables en las calles de mi país? ¿Cuánto tiempo pasará para que el servicio que se ofrece se haga con cariño porque el trabajo que se realiza se hace con gusto?

Mientras tanto, cada día mi nieta me pregunta, abuelita, ¿cuántas sonrisas coleccionaste hoy?

Andy y Ana

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Después de muchas millas volando, 14 horas de vuelo y un día más vivido entre las nubes sin tiempo, llegamos al sitio de destino: Nueva Zelanda. Allí nos esperaba mi hijo y su familia. Nos esperaba nuestra nieta. Una niña que me hace revivir cada día la infancia de mi hijo. Es dulce, amorosa, inteligente y sensitiva. Los días son maravillosos a su lado, compartir su rutina y sus juegos es un placer que me había estado perdiendo todos estos años.

La gente aquí es amable y hospitalaria. El Gobierno cuida de la gente y en especial de la gente de la tercera edad a quienes les brinda muchos beneficios. Todos los días pienso que mi esposo y yo estamos en el lugar correcto, en el momento preciso de nuestra vida, viviendo la vida que queremos y me siento muy agradecida al universo que lo permitió y a este país que nos acogió con todos los derechos y beneficios.

Atrás quedaron los malos momentos. Lo que hemos vivido con nuestros hijos y nieta ha sido tan hermoso que nada de lo sucedido con nuestra mudanza tiene importancia ahora.

¿Y Andy y Ana? Forman parte de un episodio nuevo y hermoso. Son nuestros vecinos que quieren ser nuestros amigos. Kiwis que nos reciben con gran simpatía, contemporáneos a nosotros, con hijos grandes y nietos y con ganas de entablar una amistad como nosotros.

Mudanza

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Me he mudado muchas veces. Sin embargo, nunca había sido tan radical. No se trataba de poner cosas en una caja para llevarlas a otro lugar del país, se trataba de decidir sobre qué llevarse, qué dejar y regalar o quizás vender? Nunca he sido buena vendedora y la situación del país no estaba para vender nada, así que decidí regalar lo que no podía llevarme.

La mudanza se transformó en un trabajo del alma. Las decisiones fueron hechas desde el corazón, cada una de mis pertenencias tenía una historia que contar, sobre mi vida, sobre mi pasado, sobre mi misma, y así se fue creando un diálogo conmigo misma de reconocimiento de quién había sido y quién era ahora y lo que quería ser en el futuro.

Regalar fue lo más hermoso. No sólo mi familia se benefició, sino todas aquellas personas que colaboraron conmigo para resolver problemas de la casa, bellas personas que con su apoyo y cariño me hicieron la vida más fácil.

Fue extraordinario ver la alegría en sus rostros con cada objeto o mueble recibido. Fue mejor que haber vendido un mueble o un objeto que había formado parte de mi vida y que tenía todavía valor para mí.

Mudanza de vida, mudanza del corazón.

 

Alea iacta est

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La decisión está tomada. Nos vamos rumbo a nuestros sueños. Ya lo sabíamos en nuestros corazones. Mi esposo lo tuvo presente desde que llegamos de Francia en 1974. Para mi no era más que un sueño perdido entre el ajetreo de mis hijos y mi casa que empezó a tomar forma en 1995 cuando mi hijo mayor emigró para siempre. Aunque iba a estudiar, gracias a una beca, yo sabía que no volvería.

Ya la vida comenzaba a deteriorarse, mi hijo fue atracado tres veces saliendo del colegio y decidió no volver a usar reloj en su vida. El dolor fue intenso para mí y dio origen a un trabajo interior que cambió mi vida. En 1996 fuimos a su encuentro, no lo reconocí en el aeropuerto, pelo largo y anteojos, feliz y agradecido de sus experiencias y agradecido de la educación que le habíamos dado. Fue hermoso haber visto su crecimiento espiritual.

Más tarde nos fuimos a los Estados Unidos para estar más cerca de él. En Estados Unidos crecimos todos, mi esposo realizó un master, yo trabajé en una empresa que publicaba una revista de salud para hispanos y con el dinero ganado, mi hija hizo su pregrado en la Universidad. El paso por las universidades americanas les abrió a los dos, puertas para continuar sus estudios hasta obtener doctorados con becas americanas. Y de allí, saltaron a empleos gratificantes en un país que premia la excelencia.

Al regreso, a mi esposo y a mí nos cambió la vida también, tuvimos mejores oportunidades y nos reconocieron por lo que habíamos aprendido. Yo seguí estudios para lograr un master, pero el sueño de emigrar estaba latente, nuestros hijos ya no estaban y la situación económica y social estaba haciendo aguas…

Emigrar nos cambió la vida a todos, para bien.

Nada como un sueño

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Ayer vi transformada a la muchacha que me ayuda en la limpieza de la casa. Su semblante era uno muy distinto al que me tenía acostumbrada: triste, distante, callada y resignada a una vida riesgosa en el barrio de Petare. Cada vez que venía me decía que quería irse a Colombia pero sus dos hijos querían quedarse en Venezuela. No obstante, decidió irse de vacaciones a Colombia con ellos. Estuvo con sus padres, y su madre estaba muy feliz de verla. Sus hermanos le ofrecieron un terreno al lado de la casa de sus padres para que se construyera una casita y se fuera a vivir allí con sus hijos.

Cuando regresó, encontró la vida en Caracas peor que cuando se fue, más escasez, menos alimentos y el barrio aún más peligroso. La comida, si la encontraba, estaba muy costosa, difícil de comprar con su salario.

Pero ayer era otra muchacha, llena de sueños, con una esperanza de vivir una vida mejor, cerca de su familia, con una casita construida a su gusto. Ahora sus hijos quieren salir de aquí. Conocieron lo que era vivir sin miedo, lejos de las balas perdidas y de las noches acompañando a su mamá a dormir en el parque frente a la farmacia, para hacer la cola en la madrugada a la espera del camión que trae los productos, para comprar «algo» con precio regulado sin saber qué, esperando que sea leche o pañales para su nieto, temiendo por su vida y rezando por llegar a tiempo antes de que «el producto» se acabe.

Me vi como ella, también con un sueño que ilumina mi semblante todas las mañanas al levantarme, y la esperanza de vivir sin miedo, plenamente, disfrutando de la vida cerca de mi familia.

 

La amistad

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Hace algún tiempo se mudó un vecino al lado de mi casa. Una pareja contemporánea con nosotros que desde el primer momento en que la vimos se creó una química extraordinaria. El, ingeniero como mi esposo, y ella hacía adornos de flores y lazos para niñas. Le gustaba estar en su casa como a mí. Sus hijos estaban en el exterior, muy lejos como los míos  y desde hacía tiempo, como los míos…

Habíamos compartido nuestros deseos de emigrar para vivir cerca de ellos porque al igual que nosotros, se sentían solos.

Pasó el tiempo y supe que habían viajado a ver a sus hijos y luego no los volví a ver más. Ayer lo ví a él, la puerta de su casa estaba abierta y se sentía la mudanza. Se habían ido al interior del país. Me sentí triste porque habíamos perdido la posibilidad de una amistad hermosa. Pero la tristeza duró poco porque al decirle que habíamos decidido emigrar, me abrazó con mucho cariño y verdadera alegría y me dijo que nos veríamos en la boda de su hija que sería en el lugar en donde vive mi hijo. Ellos también habían decidido emigrar.

Nuestros amigos nos comprendieron enseguida y se sintieron realmente felices por nosotros. Su esposa me escribió un mensaje hermosísimo y estoy segura que ésta es una relación que va a durar en el tiempo y nos vamos a rencontrar en el espacio para seguir compartiendo y disfrutando de nuestra familia y nuestra amistad.

¿Frustración o esperanza?

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Hace días que no publico. No me atrevía. Mi estado de ánimo era tan oscuro que me iba a arrepentir de lo que podía escribir si es que podía articular alguna frase que no destilara frustración. Me costó reponerme como en cada eleccion, año tras año durante 17 años, en que nos han robado la esperanza. Esta vez, cuatro mujeres que creen que están por encima de la voluntad de un pueblo que quiere cambiar nos robaron el derecho constitucional a revocar al presidente. Pero como lo dije en otra oportunidad, no me gusta tener esos sentimientos que sólo a mí me hacen daño y decido seguir teniendo esperanza porque Venezuela es mi país, me vio nacer, me dio una educación de calidad y sembró valores y principios en mi conciencia. Venezuela se merece mi lucha por volver a tener un país de verdad del que me sienta nuevamente orgullosa, no un país cuyos ciudadanos no los quiere nadie en sus países porque son mentirosos y corruptos. Y todos los demás que no lo somos, pagamos justos por pecadores…